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Un cuentito para quitar el miedo…

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A veces dan ganas de escribir, pero no se nos ocurre nada. Simplemente la cabeza esta muy aturdida porque es madrugada y te tomaste demasiados cafés, o sólo es el hecho de que tienes tedio y no quieres ni tocar una historia en tu cabeza, porque sabes que mañana la leerás y sonará terrible por lo cansada que estabas… ese es uno de esos momentos, pero no quiero dejar de publicar. Me siento extrañamente cercana a este blog esta noche y por eso es que compartirñe con los lectores que tengo (aunque sean medio-insectos como yo) uno de esos cuentos que me da pena que lean. Creo que ya es hora de arriesgarme, a ver que sucede. estoy aprendiendo a controlar mis temores y creo que este es el mejor paso para ello…

Metro Polanco

Por entre brazos y cabezas. Cabellos largos de mujer y encrespados de hombre, siento tu presencia pendiente de la mía. Dos pequeñas monedas de cobre viejo, enmarcadas por curvas de sedosas pestañas. Te observo y enfocas tu mirada en otra persona.

Seis, cinco.

Tus orejas de filigrana y cartílago, de las cuales cuelgan lóbulos redondos iguales. Orejas de bebé en el rostro masculino de pómulos altos y barbilla redonda y descuidada. Cinco, cuatro.

Disimulas tu mirada. Bajo la mía. Zapatos de piel escondidos bajo mezclilla grande y aparentemente gastada. La camisa blanco oscuro, luida por la vida aunque aun eres un niño. Lo delatan tus monedas. Monedas que me observan, monedas que caen.

Cuatro, tres.

Comparo tu boca con la de los otros pasajeros, pero solo tú tienes labios delgados de papel. Apretando, entre el paréntesis de barba de tu quijada, un pensamiento.

Tres, dos.

Curvas cementadas de cabello avellana sobre tu cabeza. Muy corto para ser rebelde. Muy largo para ser decente. El sello distintivo de tu lunar bajo el pómulo izquierdo remata las facciones de infante veinteañero, aunque pude haber calculado mal.

Dos, uno.

Entre tantos rostros, te pierdes y reapareces. Sabes que ahora compartimos el mismo juego por espacio de una hora, supiste que existía. Supe que vivías.

Uno, cero.

Se abren las puertas del metro. Mientras te pierdes, lamento no ver tus manos. Manos de muerto, con monedas de cobre por ojos. Si, era una mochila roja sobre tu hombro. Aun eres joven a pesar del cuerpo de adulto. Las masas nos arrastran y pronto te pierdo de vista. Adiós, hasta nunca. Toma el camión y olvídame ahora. Yo seguiré idealizándote como se idealiza a los muertos. Quizás, hasta pasado mañana…

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Acerca de la araña inválida

Araña medio humana o humana medio araña...

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