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Cansada de ser una niña perdida…

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Y un día, Wendy se dio cuenta de que estaba cansada de correr por todo Nunca Jamás y buscar problemas. Contar cuentos, volar, hacerle de mamá y perseguir piratas era muy divertido y aun lo disfrutaba… sólo que ya no tanto como antes. Ansiaba una vida más tranquila y madura. Leer algún libro, tener un pasatiempo, seguir estudiando, tener un plan a largo plazo que poder ejecutar. Deseaba tanto sentirse identificada con algo, y es que simplemente no hallaba un lugar para si misma en Nunca Jamás, por más que lo buscaba. Las sirenas se dedicaban a cantar y criticarse mutuamente. Las hadas… bueno, de entrada seguirlas era difícil y escucharlas casi-imposible. Y que decir de los niños perdidos. Vamos ni Peter, con sus sagaces ojos miel y su eterna inquietud por aventura la hacían sentir a gusto.

Mucho tiempo meditó Wendy la razón de su tedio en aquella encantadora estrella y los niños perdidos, activos más no ajenos a los sucesos de su grupo, no tardaron en darse cuenta que la mirada de su madre adoptiva había cambiado, y su voz por momentos cobraba un tono lejano y serio. Preocupados, los infantes informaron de todo esto a Peter, quien inmediatamente llevó a cabo el plan salvemos a Wendy. Creyendo que la niña estaba enferma o necesitaba atención, los niños perdidos se dedicaron a llenarla de actividades y no dejarla sola ni un instante, todo con tal de contrarrestar su extraña actitud. Más estas acciones sólo hicieron más evidente el cansancio de Wendy. Peter incluso llego a llevar a nuevas niñas a Nunca Jamás, con tal de que la chiquilla se sintiera acompañada por otras como ella, pero no había nada de que hablar con estas pequeñas que, asombradas como ella lo estuvo en su momento de aquel lugar, se preocupaban más por perseguir piratas y volar con las hadas que por otra cosa.

Una tarde, mientras Wendy paseaba en solitario por las playas de Nunca Jamás, la chiquilla se topo frente a frente con el temible capitán Garfio, que desenfundando su espada la amenazó entre carcajadas, asegurando que esta vez no escaparía y sería el fin de Peter Pan. Anteriormente una amenaza así habría desencadenado la angustia de la niña pero ahora ella lo observaba con ojos aburridos.

-¿Acaso no me temes niña? ¿no temes por el futuro de tu compañero? bramó encolerizado el pirata, blandiendo su acero.

-Lo siento, en verdad lo siento-  murmuró la niña -es sólo que esto es tan cotidiano que ya no me importa. Estoy cansada de ser una niña perdida, quiero tener un camino. No sé porqué siento que algo esta mal conmigo, no puedo hacer que nada me importe ya…

El capitán guardo su acero y se acercó a la jovencita, levantando su rostro con la suave curva de su garfio.  No estas mal pequeña- dijo el hombre – lo que esta mal es Nunca Jamás. Estas cansada porque ya no perteneces a esta isla ni a estos niños.  Tus ojos me lo dicen al mirarme, estas lista para seguir adelante. No puedes seguir ignorando tu madurez.
Estas palabras angustiaron a Wendy pero al mismo tiempo la hicieron comprender que estaba  pasando con ella. ¿Pero porqué sólo yo me siento así? ¿porqué no le sucede lo mismo a los otros niños?- pregunto la pequeña, visiblemente alterada. El capitán sonrío con unos dientes amarillos – No eres la primera niña en Nunca Jamás Wendy, y tampoco serás la última. Todos los niños perdidos llegan a tener un momento en el que se dan cuenta que no pueden continuar perdidos. Es parte de crecer. Y eso lo saben todos, hasta Peter Pan. Pero el muchacho es necio y se niega a dejarte ir, porque el mismo siente lo mismo que tu, pero aceptar tu partida sería aceptar que el también debe seguir, y no hará eso mientras haya niños nuevos que lo puedan distraer de su verdad. Debes irte Wendy, no puedes seguir siendo una niña perdida. Y no puedes decírselo a nadie, porque intentarán detenerte. De todos modos, ellos ya saben que te marcharás.

Las palabras del pirata ardían en los oídos de la niña, pues sabía que hablaba con la verdad.  Repentinamente su paraíso se había transformado en una cárcel de juegos de la cual no creía poder salir. Pero Garfio, leyendo los pensamientos de la niña, se acercó aun más a ella y le dijo suavemente – Yo puedo ayudarte, si quieres. No es la primera vez que hago esto. Y es que en realidad no soy malo, Wendy, sólo soy un arquetipo. Si estas lista para irte, ven mañana a la medianoche. Te veré en el muelle y yo mismo te escoltaré fuera de Nunca Jamás. Si aun dudas de mis palabras puedes pensarlo más, esperaré el tiempo que quieras, sólo recuerda que una vez fuera, no podrás regresar nunca jamás.

Cuando Wendy regresó al refugio, se veía visiblemente alterada. Los niños perdidos la mimaron y llenaron su cama de flores y mariposas, pero aquello no quito de la niña la mirada turbia que revelaba lo que debía hacer.

Ese día, el último en Nunca Jamás para Wendy, Peter la acompañó a todos lados, intentando entretenerla y manteniendo su atención fija en ella. Wendy sonrió y agradeció todas las atenciones de Peter y los niños, pues sabía que serían las últimas que tendría de ellos. Rara vez los niños se divirtieron tanto como en esa ocasión, en las que sus aventuras estuvieron colmadas de canciones y besos de su madre. Corrieron y saltaron desde el amanecer hasta el ocaso y cuando sus cuerpecitos exhaustos entraron al mundo de los sueños, otro espacio mágico en Nunca Jamás, Wendy se despidió de los pequeños con un beso suave en la frente que no los perturbó en absoluto. Silenciosa como una madre, la niña se desplazó hasta la puerta del refugio y al exterior, donde le esperaba un melancólico Peter Pan.
No te vayas- dijo Peter, mientras sujetaba la mano de la sorprendida niña.

Debo hacerlo- respondió ella -ya no pertenezco aquí.

Si te vas, no podrás regresar nunca jamás-

-No planeo hacerlo Peter. Y no puedes detenerme. Mi tiempo siendo una niña ha terminado, debo seguir adelante. Y tu también deberías. Sé que ya no eres feliz aquí, sé que te atemoriza sentir esto. Pero no es tan malo crecer. No es la imagen terrible que te has dibujado y de la que huyes. Es normal y necesario. Todos debemos encontrar nuestro camino, hasta tu Peter… si quieres venir conmigo podemos-

Pero el muchacho la soltó bruscamente y regresó al cubil, sin voltear atrás. Herida en su amor materno, Wendy caminó por última vez hasta el barco del Capitán Garfio, que la esperaba como lo había prometido. El viaje final fue silencioso y lento, mientras la isla en la que Wendy vivió miles de aventuras se desdibujaba entre las nubes. Finalmente, llegaron a la orilla de la estrella, y la niña se preparó para dar el gran salto. Pero no lo dio -¿Y si no estoy preparada para esto?- dijo la niña -ya no podré volver nunca jamás… tengo miedo. El capitán Garfio colocó su mano sana sobre el hombro de la niña y la miro afectuosamente. -Nadie esta preparado para madurar Wendy, peor no por eso podemos evitarlo. No puedo asegurarte que el camino que vas a recorrer será fácil, pero puedo decirte que valdrá la pena. Debes decidir entre saltar y arriesgarte o quedarte estacionada para siempre en una isla que no cambiará. La decisión es tuya, y sabes cuál es- La niña miró a Garfio por última vez – ¿Porqué Peter tiene tanto miedo de crecer?- preguntó. Y el pirata, sonriente, respondió – Por la misma razón por la que yo tengo miedo de envejecer.

Y haciéndose a la idea de que no iba a ser fácil, pero tampoco imposible, Wendy saltó.

De infancias de mierda y presentes traumados…

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Creo que siempre envidiaré a aquellas personas que pueden decir que tuvieron una infancia “feliz”. Quizás por el hecho de que yo no tuve una de esas juventudes alegres, y pienso erróneamente que si uno no la tuvo, nadie la merece. Incluso puede que este mal y nadie jamás haya tenido una infancia completamente feliz, es más puede que este siendo egoísta y sufra una infancia en en realidad, no estuvo tan mal, comparada con otras. Pero en realidad eso no lo sé porque únicamente puedo saber lo que me dice mi propia perspectiva: mi infancia no fue feliz, por más que quiera creer que si lo fue.

Creo que todo empezó con las peleas arrítmicas de mis padres, los apaleos físicos y emocionales de mis hermanos que detestaban ese favoritismo con el que me trataba mi padre. Luego, eso yo lo descargue en mi hermana y quizás no debí… pero ¿acaso merecía yo que me botaran eso a mi primero? no. Claro que no. Pero esto no es una justificación de mis actos o una sesión de acusaciones; es meramente un momento de reflexión que ni siquiera sé su pueda hacer público para cuando termine de escribir y eso es por el miedo. Si, el maldito miedo que nació en mi desde la primaria, en esos salines tan hermosos y llenos de vida dónde era despreciada por mi color de piel, mi manera de hablar… porque era despistada y a veces cometía errores, como esa vez cuando abrí la puerta del único baño y había una niña que me hizo lo mismo en cuanto yo entré, pero lo hizo para vengarse y humillarme. Días y días en los que nadie me quería ver, ni tocar. Cuando me desquitaba con los que eran más débiles que yo aunque no debía. Los maestros se enojaban conmigo porque no “prestaba atención” o no “me esforzaba lo suficiente” pero ¿quién quiere esforzarse cuando vives al margen de la vida, con todo riéndose a tu alrededor? Para el final de la primaria, lo que había empezado difícil se tornaba peor. Recuerdo en especial a un niño que me hizo sexto año de cuadritos, aunque no se bien que me hacía… quizás lo reprimí tanto que a nunca lo recordaré. Quizás.

La secundaria fue la peor época de mi vida y con buenas razones. Una vez dijeron que tenía el color de la caca y que me habían defecado ¿lindo, no? risas y burlas en plena clase, tantas que me hicieron llorar a la mitad de la lección de francés y la maestra me dijo que “no era para tanto” ¿Qué no era para tanto señora, si ni siquiera se enteró de lo que me pasó? Cada día era peor y peor, y siempre lo aguantaba con la boca cerrada, porque cuando intentaba defenderme sólo eran más risas y más burlas, una tras otra, sin parar, hasta que acabaron con el último trozo de amor propio que tuve de mi. Fue mi época más obscura, cuando empecé la preparatoria. Deseaba tanto desaparecer que comencé a flagelarme y a pintar personajes horribles de grandes sonrisas y ojos vacíos que colgaban de cuerdas en todos los salones. Robaba los plumones rojos de los salones y pasaba horas pintándome sangre en los brazos, perfeccionando cada gota para que pareciera que brotaba de mi piel abierta. Todos comenzaron a tenerme miedo ¿Porqué? ¿Qué acaso no me hicieron de vidrio? ¿Primero me apalean y cuando me levanto se asustan? hipócritas. Odio la hipocresía. Es el único razgo que no trago en nadie. Pero prefería ser ignorada a que me siguieran apaleando, creo que de haber seguido eso si me hubiera suicidado, pero siempre me dio mucho miedo morir. La sola idea de dejar este mundo era aberrante y luego me flagelaba más por mi cobardía. Es curioso, han pasado muchos años de esto y aun retumban en mi cabeza esas risa burlonas, esas muecas horribles de infantes abandonados e ignorados de tal manera que debía hacer a alguien sentir mal para poder llenar algo en su simple y vacía existencia de adorno de sala para una familia que quería más al perro que a ellos (al menos el perro era bonito) Triste. ¿Si yo lo he negado para protegerme, que habrán hecho ellos? ¿serán esos compañeros los de la infancia “feliz” que menciono primero? antes pensaba que si… ahora, no estoy tan segura.

Cuando Avinav se suicidó, yo tuve mucha envidia de su “valor”. Pero al mismo tiempo, me devastó tanto pensar que había tomado la salida más fácil, dejarlo todo a la mitad. Pero espera, ¿qué no morir es valiente y honrado? si lo es, ¿entonces, porqué estoy tan triste? Todos los días después del memorial, al principio del día y durante el recreo, subía a prender sus veladoras en el techo de la escuela y pasaba mucho tiempo allí con él, pensando en si esos mismos hipócritas mediocres me hubieran dejado velas a mi, aun si fuera su culpa. Avinav no se mato por la escuela, fueron muchas más cosas, lo sé… pero siempre los culparé a ellos, quizás también por lo que me paso a mi. Sólo uno de ellos levanto la voz en un momento y pidió a los demás que no fueran hipócritas… y aun así, el llevo velas y rosas y muchas otras estupideces de recuerdo a alguien que ni siquiera se molesto en recordar. No lo sé, quizás yo también hago mal, quizás también soy hipócrita y recuerdo a alguien a quien no conocí bien… pero de quien fui cercana por mucho tiempo. Planeaba mi suicidio en plena escuela, planeaba matar a todos. Creo que fue esos momentos los que me hicieron tan cobarde ahora… tan blandengue. Hablé con mis amigas y ellas me “apoyaron”. Apoyo adolescente, de “ya, ya” y punto. Ahora apenas y hablo con alguna de ellas. Me digo que están ocupadas, que no siempre se puede recordar a ,os amigos, pero luego me pregunto si realmente fueron “amigas”.

Creo que lo único que me mantuvo cuerda hasta el final de la preparatoria fueron mis dibujos. Pasaba días enteros en mi cabeza, imaginando mundos dónde todo giraba a mi alrededor y nadie me quería hacer daño. Era valerosa y de piel clara ¿necesitaba algo más? Tengo diarios enteros llenos de cosas que en realidad no pasaron más que en mi cabeza… ¿triste? no. Al menos no lo veo así. Un joven debe hacer lo que pueda para mantene5rse a flote, aun si eso implica enamorarse de alguien en otro continente, que se siente igual de solo e inseguro y que necesita un apoyo en alguien como él. Daniel, tu me salvaste la vida, y jamás te lo voy a poder agradecer…

A la vuelta de los años, uno se da cuanta de que ese tipo de experiencias te marcan de por vida. Yo me percaté de que esos actos en mi contra eran para encubrir una inseguridad más grande que la mía. Ya sabes, gritar mucho para mostrar valor, aunque te mueras de miedo. Con el paso del tiempo, llegué a “perdonar” a esos desgraciados que me hicieron daño, aunque muy en el fondo aun guardo los peores deseos para ellos. y sé que no debo. Pero francamente, viví miserable casi 14 años de mi vida. Y eso no tiene perdón. Lo entiendo, pero no lo justifico. Y creo que, después de todo, tampoco lo perdono. Si pudiera regresar el tiempo, vivir todo eso nuevamente pero con los conocimientos que tengo ahora, no sólo hubiera intentado golpear a ese tipo gordo y desagradable que se mofaba de mi para ocultar su inseguridad por su mariconería. No. Le estrellaría la banca en esa cabeza llena de mierda hasta partirla en dos como un coco. Y dejaría de ser esta cobarde paranoica que soy para transformarme en alguien lleno de ira y rencor. Un rencor viviente como Pedro Páramo. Pero quizás ni siquiera así tendría mi “infancia feliz” como la deseo. No lo sé, las arañas siempre hemos tenido autoestima pequeña porque somos pequeñas, y nos defendemos cuando nos atacan deliberadamente. Pero yo nunca me defendí… creo que desde entonces estoy defectuosa. Pero aun no sé si ser así es bueno o malo.

De todas formas, el hubiera no existe. Y no puedo regresar el tiempo. Sólo puedo lidiar con la persona que soy ahora y tratar de ser mejor y ayudar a los demás. Quizás en el futuro la vida me de otra oportunidad para que enfrente nuevamente a esas personas. Y espero que para entonces, tenga la fuerza suficiente para partirles la cara a golpes, como debí haberlo hecho hace mucho tiempo. Porque uno tiene que atreverse a hacer las cosas,y terminar siempre lo que se empieza, ¿no?

Jerusha J.

Corriendo en la obscuridad

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Dicen que la definición de un loco es hacer las mismas cosas una y otra vez, pero esperar resultados diferentes. También dicen que sólo los humanos cometen el mismo error dos veces. Creo que todo es cierto, porque todo se aplica a mi persona actualmente. Dios, soy tan patética que no me puedo mover de dónde estoy… hago las cosas a medias y sigo creyendo que mágicamente todo me va a salir bien. Dejo todo tirado a la menor provocación y después ya no encuentro el hilo original de las cosas que iba a hacer. Soy un desastre y me creo todas las mentiras del mundo, me la vivo con miedo, miedo de todo y a todos y tal perece que estoy corriendo en un laberinto sin luz, y tras un par de golpes y tropiezos sólo me siento en un rincón preguntándome si estoy en un cuarto enorme o en un pasillo… si podré salir o me quedaré allí para siempre. Y repaso, repaso en mi cabeza las mismas calles, los mismos pasos, llorando hasta caer exhausta. Francamente, no doy una, ni como humana, ni como araña ¡por dios mi misma naturaleza me repugna! soy un caso perdido…

 

Se supone que todos venimos a este mundo porque tenemos una misión que cumplir… yo se bien cuál es mi misión. Lo he sabido desde que nací, y se que esta es la única y última oportunidad que tengo de cumplirla… y aun así corro en círculos y me comporto como una loca humana. Soy la niña que no quiere crecer, la araña que no sirve para cazar… soy la eterna soñadora esclava de la luna. Y quizás este sea otro de esos “lapsus positivus” en los que perjuro y juro que esta vez lo voy a hacer bien. Me he fallado ya tantas veces, que me da miedo creer en mi misma. Pero si yo no creo en mi, ¿quién lo va a hacer? yo soy lo único que tengo que es mio… ¿y saben algo? puedo fallarle a todos. Pero nunca, jamás me fallaré a mi misma.

 

Hace unos días conocí en un ahora ex-probable empleo de recepcionista de un internet a un güero que me contó cómo se iba  a acabar el mundo. Entre más hablaba, más miedo tenía, y para cuando terminó mi “entrenamiento” yo estaba segura de que moriría asesinada por alienígenas  al día siguiente, cuando el mundo acabara. Ahora, una semanas después de mi profético acercamiento a “la verdad” y después de investigar, revisar, leer, y llegar a mis propias conclusiones, me deshice de todos esos miedos menos uno: el miedo a terminar como ese hombre… pequeño, absurdo, insignificante. Sobreviviendo de recuerdos en un lugar donde es casi inexistente, inventando historias o viviendo sus locuras con tal de ser importante en la mente de otros como él… el rey de los mediocres, para los mediocres. Eso me aterra. Yo sólo tengo una oportunidad para hacer que esto funcione, un sólo disparo en la pistola y tiene que dar en el blanco. No tengo otra opción… Si tiro mi oportunidad, siempre me preguntaré qué habría pasado… no, no lo voy a hacer. Después de todo, soy una araña, y las arañas no se rinden porque rendirse es morir. Es hora de tomar el camino que siempre he debido tomar, de levantarme de aquel cuarto o pasillo -no importa lo que sea- y encuentré la luz que necesito para llegar, aunque en el proceso me rompa la nariz. Quiero tejer historias, crear mundos, adentrarme en los colores de aquellos que me inspiran. Quiero estar orgullosa de mi, ¡estoy orgullosa de mi! porque aunque me vuelva a equivocar y tenga que detenerme y me pierda y de vueltas innecesarias, sé que llegaré a mi destino. Y ni el fin del mundo va a impedírmelo.

 

Escribe una araña con mucha convicción. Tanta que ha regresado una vez más a un blog casi sin lectores… pero con mucho pero mucho potencial.

Escribe una humana que, esta vez, no va a perder el camino. Ya no más.

 

Jerusha J.

Cuarta Telaraña: Familia y mudanza

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A pesar de que no son mi familia, ni tengo relación con ellos, las personas de esta casa son muy cercanas para mi.

(ah, disculpen por empezar de esta manera tan grosera, sin saludar. A veces sólo escribo lo que pienso sin más. ¿Cómo están todos? ya volví, perdón por el retraso.)

Antes, eramos más. Había tres hombres y tres mujeres. Los mayores son los “padres”, ¿así se dice, no? él es un poco gruñon a veces, y se baña muy rápido (casi no tengo vaporcito en la ducha.) ella es más gritona pero se toma su tiempo con las cosas. Tenía el cabello muy largo antes, eso me agradaba mucho. Si fuera humana, me encantaría tener el cabello hasta el piso, como la chica de ese cuento, “Rapunzel”.

Los mayores con los hombres, ellos fueron los primeros en irse, aunque regresan a menudo. El más grande tenía cabello antes, ahora ya no. Cantaba en la ducha y no se tardaba mucho, pero siempre estaba bromeando con todos. El segundo tiene cabello, y también en la cara. Unas lineas de cabello sobre la boca y bajo el mentón. Es más serio, creo que se parece a su padre mucho.

Las mujeres son las que más me agradan. Se tardan mucho en la ducha y me dan calor que aprovecho cuando estoy con ellas. La mayor casi no parece la mayor, me confundo a veces. La reconozco por su cabello largo y el color de su piel, como de araña (café). A veces siento que es mi alter-ego. AUn esta en casa y se baña muy tarde. A veces canta en la ducha y a veces baila. La otra chica es de piel blanca y se ve mayor para ser la menor.  Tenía el cabello largo antes, pero se lo cortó y no sé como pero ahora es negro… antes era café (¿acaso mudan de cabello?¿cómo cambian el color?) también se coma la ducha con calma y me da vapor, pero menos que la mayor. Pero lo que más me gusta de ellas son las conversaciones en el baño a medianoche. A veces, se quedaban horas sentadas lado a lado o frente a frente, hablando sobre amor o familia… cosas que no conozco. También hablaban sobre comics, sobre todo japoneses (suelen poner música oriental… suena chistoso como hablan su idioma esas personas) de hecho eso me acercó a los dibujos: escucharlas hablar horas y horas de Edward Elric o Spider-man. Cuando empecé a ver esos mundos multicolor, me agradó el poder sumergirme en la vida humana, aunque fuera en ficción. Puede que sea sólo un arácnido, pero aun así tengo sentimientos. Sentimientos de araña. Me encantaría poder dibujar… dibujarme como humana. Ya que no puedo serlo, al menos verme como una me haría felíz.

Todo esto viene a colación de que la familia se va. Hace poco escuché hablar de “mudanza” y, cómo no conozco la palabra la busqué en internet. Significa irse, cambiar de hogar. Y me siento triste. Aunque no puedo llorar (no tengo lagrimales), me siento triste. Sé que cambiar de territorio es bueno: incrementa la cacería y ayuda a evitar conflictos con tras arañas. Pero ellos han estado aquí tanto tiempo, que no verlos sería triste. No sé quién habitará ahora esta casa, y tampoco sé si les agrade que me quede. Puedo irme con ellos pero tengo miedo. No sé a donde irán. Soy muy pequeña e insignificante para ser parte de su familia… pero ellos son  parte de mi cotidianidad. Y simplemente no sería lo mismo estar sin ellos, aunque los nuevos se bañen muchas horas con agua caliente.

Quiero volver a escuchar las discusiones del baño. Y que padre grite y madre cante. Y que los hermanos lleguen a hacer comentarios chistosos, aunque no entienda el chiste. No los quiero extrañar.

Y no quiero que me quiten internet.

Jerusha.